Solitarios. III

Nota en un post-it:

Jaume, soy Laia. He tenido que irme. Buena fiesta y feliz resaca.

Besos. Laia

P.S: Espero que no se te indigesten los espaguetis con chocolate que te comiste sobre Núria (sí, la chica que dormía a tu lado).

-Tuuuut. Tuuuut. Tuuuut.

-Jaume.

-Laia, ¿qué es eso que dices de los espaguetis con chocolate?

-Jajajaja. ¿¿No lo recuerdas??

-No…

-Mírate en el espejo, a ver si aún te queda algún resto de chocolate.

-Pues no tengo nada.

-Ya ves, si que te debía lamer bien Núria. ¿La conocías a esta chica?

-¿No, pero que cojones pasó?¿ Me lo puedes contar?

-Nada, estuvisteis tonteando toda la noche y al final subió a tu casa con el resto de gente. Y a ella se le ocurrió de comer espaguetis con chocolate porque tenía hambre y era la única cosa que tenias en la cocina.

-Que fuerte. No recuerdo nada. Ehmmm… tu… sabes cómo fueron a parar los espaguetis encima de ella…?

-Me puedo hacer una idea. De repente desaparecisteis bajo la mesa de la cocina i la puerta se cerró. Allí en el suelo se te debía ocurrir la flagrante idea de esparcir los espaguetis sobre su vientre, básicamente porque solo tú podrías tener una idea así.

-Joder! Pues vaya tela. Y aparte de esto, tu sabes como toda esta gente ha acabado en mi piso? No conozco ni a la mitad…

-Los acogiste

-¡¡¡¡¿¿Qué??!!!!

-Que los acogiste. Ayer cuando ya ibas bastante perjudicado nos encontramos por la calle a un grupo de mochileros, empezamos a hablar con ellos y dijeron que no tenían lugar donde dormir esta noche, y tú con tu alegría les dijiste que vinieran a dormir a tu casa. Ellos también iban bastante contentos y os acabasteis de rematar a base de xibecas en el piso. Ah y diría que son vascos.

-Y ahora como me lo monto para echarlos… Espera. Recuerdo que había un tío muy pesado. Pero no era vasco, hablaba catalán. No hacía más que hablar de Sandra. Una ex suya. Que pesadoooooo!!!

-Ah sí. Marc. Es un amigo que venía conmigo. Habíamos quedado para tomar algo y me llamaste para el súper plan que tenías montado de ir al Plataforma. Se lo comenté y se animó a venir conmigo. Pensaba que lo tenía superado esto de Sandra… ¿¿Te ralló mucho??

-¿¿Que si me ralló?? No hacía más que lamentarse de su ausencia, de cómo lo dejó de repente, y de que no sabía nada de ella desde hace meses. Tendrías que hablar con él, te lo juro, no puede ser que a la primera de cambio se meta a rallar al pobre que se cruce por su camino. Pero escucha. Yo aún flipo con eso de la tal Núria.

-¡¡Jajajajajajajajajajajajajajaj. ¡¡No te ralles!! ¡¡¡¡Al menos los espaguetis estaban buenos!!!!

– ¿Y tu como sabes que estaban buenos?

-Ehhhh… cuelgo que entro en un túnel y no hay cob…

-Tut tut tut tut tut tut.

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Solitarios. II

“BUT NOW THERE’S NOOOOOOOO WAY TO HIDE SINCE YOU PUSHED MY HEART ASIDE I’M OUTTA MY HEAD HOPELESSELY DEVOTED TO YOU HOPELESSELY DEVOTED TO YOU HOPELESSELY DEVOTED TO YOU…”

“BUT NOW THERE’S NOOOOOOOO WAY TO HIDE SINCE YOU PUSHED MY HEART ASIDE I’M OUTTA MY HEAD HOPELESSELY DEVOTED TO YOU HOPELESSELY DEVOTED TO YOU HOPELESSELY DEVOTED TO YOU…”

“BUT NOW THERE’S NOOOOOOOO WAY TO HIDE SINCE YOU PUSHED MY HEART ASIDE I’M OUTTA MY HEAD HOPELESSELY DEVOTED TO YOU HOPELESSELY DEVOTED TO YOU HOPELESSELY DEVOTED TO YOU…”

-¡¡Eh Marina!! ¡¡¡Apaga ese móvil de una vez!!!

-Mierda, mierda, mierda, lo siento… Es la alarma… Siempre se me olvida quitarla los fines de semana… Lo siento, lo siento… ya está.

“Cojones. No entiendo porque ha sonado la alarma con esta canción, la cambié hace tanto tiempo… Ahora Jaume me tendrá cruzada todo el día y yo deprimida una semana… Y todo porque nunca recuerdo quitar la alarma los sábados… Y encima con esa canción, precisamente esta… No podía ser el “te está sonando el teléfono”, no… Todo porque es Carla quien la cantaba… Carla… ¡Joder! Mañana la cambio, mañana sí. ¡Que no se me olvide! ¿Dónde debe estar Carla?”

“Mierda. Ya se podría haber cambiado la alarma Marina. Ahora que empezaba a no pensar en ello. Se fue tan de golpe. Hace prácticamente un año que no sabemos nada de ella. Típico su cruce de cables. Como teníamos que saber que llegaría tan lejos. ¡¡Es que no lo entiendo!!” Parecía tan feliz. ¿Qué se le ha perdido a ella en Senegal? Si no sabe ni hablar francés. Encima la muy cerda lo tenía todo pensado des de hacía un mes mínimo antes de que se fuera. Las vacunas no se pueden hacer más tarde… A traición, lo hizo a traición. No nos dio ninguna oportunidad de convencerla para que se quedara. No, tenía que montar su numerito de irse de un día para otro para hacer brillar su ausencia. Sin despedidas por favor. ¿Y qué quieres, diciéndolo de un día para otro? Y encima yo que soy su mejor amigo y confidente me tengo que enterar porque me lo explica Marina. Espero que se ponga en contacto con nosotros algún día y nos dé una explicación, porque tiene cojones la cosa…”

“Hecho tanto de menos sus ojos… Más que sus ojos… Como me hacían sentir segura estando a su lado. Me miraba y sentía que la tenía ahí. Vigilando mi sueño y mi respiración, como para comprobar que no dejara de hacerlo nunca. Me miraban sus ojos y decían mi nombre… Marina… Marina… déjame darte un beso… Yo la miraba y con el brillo de mis ojos le contestaba que sí. Y sólo tenía que dar un paso para atraerme hacía los imanes que tenia por labios y me abandonaba a la ola de perfección, suavidad e intensidad en que todo se convertía en ese momento. Olvidaba el mundo, fuera dónde fuera, y cuando partíamos nuestra alma en dos tenía que mirar a mi alrededor para recordar dónde estaba, dónde iba, que hacía y a veces hasta que día era y el porqué del mundo.

Y que ojos más bonitos el día que me dejó, grandes, abiertos, sinceros del puro amor que había dejado de sentir, de ese color verde cenizo tan triste que hacía que su alegría constante fuese más exultante. Me miraba fijamente y no hubiesen hecho falta palabras, por qué nos entendíamos. Pero las hubo. Porque aunque lo leía en sus ojos no me lo quise creer. Si no fuera porque el momento era tan delicado le hubiese hecho una foto para recordarla siempre tan hermosa. Ella me estaba dejando y la escuchaba. Y al mismo tiempo solo podía pensar en la maravilla de mujer que tenía delante, en que quería inmortalizar aquella imagen. Una belleza triste, cruda, sinceramente preocupada por mí. Y yo que sólo podía mirar sus ojos. Como no podía sacar la cámara de fotos la seguí mirando y escuchando, pero sobretodo mirando porque sabiendo ya lo que me diría… Y la admiré, hasta que grave aquella imagen con tanta tristeza y tanta grandeza a la vez en cada una de mis retinas, en cada ventrículo y cada aurícula de mi corazón. Porque así mi sangre, mi vida, todo, pasaría a tener por siempre su imagen y semejanza.”

“Me estoy meando. Hostia de alarma. Tengo que echar a toda esta gente. Y más a ese pesado que no dejaba de hablar de la Sandra esa… Que es como si la hubiese parido… ¡¡hombre!!”

Solitarios. I

Eran las cuatro de la noche y ya no sé cuantas xibecas nos habíamos bebido entre las quince personas que estábamos en aquel piso de la calle Mediterrània, en la Barceloneta. De hecho no sabía ni como había llegado. Y me lo pregunté de repente.

Lo único que sé es que por la mañana me había levantado con el plan de pasarme el día paseando por las calles perdidas de Barcelona, por el simple placer de caminar y que ahora en esas horas intempestivas me encontraba con todo de gente que no conocía ni de vista.

Hacía unas semanas, un par de meses, que lo había perdido todo. La novia, como consecuencia el trabajo y como consecuencia el piso donde estaba porque no podía pagar el alquiler del mes. Tuve que volver a casa de mis padres, solo por unos días en principio, mientras buscaba otro trabajo y un nuevo piso, o al menos una habitación alquilada.

Decidí no tomarme la situación muy a pecho y no derrumbarme. No me quería permitir deprimirme demasiado tiempo porque sabía lo que era y no tenía ganas de volver a pasar por ello. Así que me dije que el trabajo aparecería y que el piso vendría después. Y la novia… bueno, la novia era el único tema que de vez en cuando me dejaba destrozado una noche y a la mañana siguiente me levantaba con la sensación de no tener ojos, de haberlos dejado en la almohada junto con las horas en blanco. No entendía porque me había dejado y, aún me hacía sentir peor, como había sido capaz de pedir a su querido padre, presidente de la empresa dónde yo trabajaba como repartidor, me echara de un día para otro. Debía de odiarme mucho. Y no tenía ni la más remota idea de porqué.

Por eso paseaba por Barcelona, para no pensar i porqué caminar no te vacía los bolsillos. Para no pensar en Sandra, la mujer, o chica, o niña, que más quería i que me havia dejado de repente sin ninguna explicación razonable y dejándome de patitas en casa de mis padres. Y para ver si andando me encontraba con los ojos de alguna persona que se encontrase en una situación parecida a la mía. Sin casa, sin trabajo, sin ninguna respuesta.

Así que andaba. Un día rambla arriba y rambla abajo, de Plaza Cataluña a Colón y de Colón otra vez a Plaza Cataluña. A veces cogía el metro, bajaba en Alfonso X, subía hasta els Tres Turons. Des del refugio antiaéreo admiraba la fantástica, contaminada y aún así bellísima vista de Barcelona hasta el momento en que empezaba a caer el sol y las lucecitas de los pisos, las calles y los coches empezaban a despuntar. Y volvía andando, muy tranquilamente, sin prisas, todo el camino que llevaba hasta Plaza Catalunya, dónde cogía el ferrocarril para volver a Sarrià, dónde vivían mis padres.

No me importaba cuanto rato tuviera que andar. Cuanto más andaba más descubria. Y durante aquella época me llegué a conocer Barcelona de pe a pa. Como la palma de mi mano. Y con el tiempo, tanto andar me hizo dejar todas las penas en el asfalto gris de la ciudad, sin dejar ningún rastro. Mis excursiones siempre acababan en cualquier bar de cualquiera de los barrios por dónde pasara, tomando una cervecita tranquilamente y mirando pasar a la gente ajetreada, relajada, o borracha.

Y es evidente, que de tanto andar, perdí peso y reforcé mi musculatura. Estaba guapo, y estaba buenísimo, y las chicas me miraban, y yo las miraba. Y aunque no me las ligaba, algún fenómeno extraño no me dejaba pasar del contacto visual, me sentía bien. Sabía que algún día, cuando quisiera y estuviera preparado, podría volver a conocer a una chica. Y quererla y cuidarla y dejarme cuidar y hacerla reír mucho…

Mi ex había dejado de estar presente en cada una de mis excursiones para pasar a ser un recuerdo que de vez en cuando volvía a mí. Era una suerte que toda su vida pasara por la Vall d’Hebrón, zona de Barcelona dónde yo nunca ponía los pies, por la distancia, y porque no se me había perdido nada, ya no.

Eran las cuatro de la noche y ya no sé cuantas xibecas nos habíamos bebido entre las quince personas que estábamos en ese piso de la calle Mediterrània, en la Barceloneta. De hecho no sé ni cómo cabíamos quince personas en ese pisito de mierda.

De entrada las quince personas no las pude contar porqué está claro que no tengo rayos X en los ojos que atraviesen las paredes… Las fui sumando a medida que andando a tientas y buscando el baño fui abriendo puertas… Cinco en la habitación dónde estaba yo, tres en la habitación de la plancha, cinco más entre una cama de matrimonio y una cama plegable y dos en el sofá del salón que tenían la pinta de ser los que menos habían dormido de la… ¿fiesta? Bien arrumbados el uno contra la otra y con las piernas enroscadas. Ella con rastas, el con un peinado de esos de flequillo tapando cualquier de los dos ojos que se había bien ocupado de peinar entre el orgasmo y el momento de dormirse. No enganchan ni con cola, es lo primero que se me pasó por la cabeza. Y me fui a mear.

Mientras descargaba la vejiga en ese lavabo tan diminuto como el resto del piso me dije que ya que estaba ahí y me intrigaba tanto como había podido ir la cosa, que me quedaría, dejando que el resto de la gente siguiese durmiendo, a ver si alguien más me podía resolver el misterio a la mañana siguiente cuando todos estuviéramos despiertos…

Y me fui a dormir a la habitación más oscura, de dónde venía, y dónde a las ocho de la mañana, todos los que estábamos nos despertamos…