Solitarios. I

Eran las cuatro de la noche y ya no sé cuantas xibecas nos habíamos bebido entre las quince personas que estábamos en aquel piso de la calle Mediterrània, en la Barceloneta. De hecho no sabía ni como había llegado. Y me lo pregunté de repente.

Lo único que sé es que por la mañana me había levantado con el plan de pasarme el día paseando por las calles perdidas de Barcelona, por el simple placer de caminar y que ahora en esas horas intempestivas me encontraba con todo de gente que no conocía ni de vista.

Hacía unas semanas, un par de meses, que lo había perdido todo. La novia, como consecuencia el trabajo y como consecuencia el piso donde estaba porque no podía pagar el alquiler del mes. Tuve que volver a casa de mis padres, solo por unos días en principio, mientras buscaba otro trabajo y un nuevo piso, o al menos una habitación alquilada.

Decidí no tomarme la situación muy a pecho y no derrumbarme. No me quería permitir deprimirme demasiado tiempo porque sabía lo que era y no tenía ganas de volver a pasar por ello. Así que me dije que el trabajo aparecería y que el piso vendría después. Y la novia… bueno, la novia era el único tema que de vez en cuando me dejaba destrozado una noche y a la mañana siguiente me levantaba con la sensación de no tener ojos, de haberlos dejado en la almohada junto con las horas en blanco. No entendía porque me había dejado y, aún me hacía sentir peor, como había sido capaz de pedir a su querido padre, presidente de la empresa dónde yo trabajaba como repartidor, me echara de un día para otro. Debía de odiarme mucho. Y no tenía ni la más remota idea de porqué.

Por eso paseaba por Barcelona, para no pensar i porqué caminar no te vacía los bolsillos. Para no pensar en Sandra, la mujer, o chica, o niña, que más quería i que me havia dejado de repente sin ninguna explicación razonable y dejándome de patitas en casa de mis padres. Y para ver si andando me encontraba con los ojos de alguna persona que se encontrase en una situación parecida a la mía. Sin casa, sin trabajo, sin ninguna respuesta.

Así que andaba. Un día rambla arriba y rambla abajo, de Plaza Cataluña a Colón y de Colón otra vez a Plaza Cataluña. A veces cogía el metro, bajaba en Alfonso X, subía hasta els Tres Turons. Des del refugio antiaéreo admiraba la fantástica, contaminada y aún así bellísima vista de Barcelona hasta el momento en que empezaba a caer el sol y las lucecitas de los pisos, las calles y los coches empezaban a despuntar. Y volvía andando, muy tranquilamente, sin prisas, todo el camino que llevaba hasta Plaza Catalunya, dónde cogía el ferrocarril para volver a Sarrià, dónde vivían mis padres.

No me importaba cuanto rato tuviera que andar. Cuanto más andaba más descubria. Y durante aquella época me llegué a conocer Barcelona de pe a pa. Como la palma de mi mano. Y con el tiempo, tanto andar me hizo dejar todas las penas en el asfalto gris de la ciudad, sin dejar ningún rastro. Mis excursiones siempre acababan en cualquier bar de cualquiera de los barrios por dónde pasara, tomando una cervecita tranquilamente y mirando pasar a la gente ajetreada, relajada, o borracha.

Y es evidente, que de tanto andar, perdí peso y reforcé mi musculatura. Estaba guapo, y estaba buenísimo, y las chicas me miraban, y yo las miraba. Y aunque no me las ligaba, algún fenómeno extraño no me dejaba pasar del contacto visual, me sentía bien. Sabía que algún día, cuando quisiera y estuviera preparado, podría volver a conocer a una chica. Y quererla y cuidarla y dejarme cuidar y hacerla reír mucho…

Mi ex había dejado de estar presente en cada una de mis excursiones para pasar a ser un recuerdo que de vez en cuando volvía a mí. Era una suerte que toda su vida pasara por la Vall d’Hebrón, zona de Barcelona dónde yo nunca ponía los pies, por la distancia, y porque no se me había perdido nada, ya no.

Eran las cuatro de la noche y ya no sé cuantas xibecas nos habíamos bebido entre las quince personas que estábamos en ese piso de la calle Mediterrània, en la Barceloneta. De hecho no sé ni cómo cabíamos quince personas en ese pisito de mierda.

De entrada las quince personas no las pude contar porqué está claro que no tengo rayos X en los ojos que atraviesen las paredes… Las fui sumando a medida que andando a tientas y buscando el baño fui abriendo puertas… Cinco en la habitación dónde estaba yo, tres en la habitación de la plancha, cinco más entre una cama de matrimonio y una cama plegable y dos en el sofá del salón que tenían la pinta de ser los que menos habían dormido de la… ¿fiesta? Bien arrumbados el uno contra la otra y con las piernas enroscadas. Ella con rastas, el con un peinado de esos de flequillo tapando cualquier de los dos ojos que se había bien ocupado de peinar entre el orgasmo y el momento de dormirse. No enganchan ni con cola, es lo primero que se me pasó por la cabeza. Y me fui a mear.

Mientras descargaba la vejiga en ese lavabo tan diminuto como el resto del piso me dije que ya que estaba ahí y me intrigaba tanto como había podido ir la cosa, que me quedaría, dejando que el resto de la gente siguiese durmiendo, a ver si alguien más me podía resolver el misterio a la mañana siguiente cuando todos estuviéramos despiertos…

Y me fui a dormir a la habitación más oscura, de dónde venía, y dónde a las ocho de la mañana, todos los que estábamos nos despertamos…

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