METAFÍSICA DE LOS TUBOS. Amélie Nothomb

Los ojos de los seres vivos poseen la mas asombrosa de las propiedades: la mirada. No hay nada más singular. No decimos de las criaturas que tienen una “escuchada”, ni de sus narices que tienen una “olorada” o una “respirada”.

¿Qué es la mirada? Es inexplicable. Ninguna palabra puede acercarse a su esencia extraña. Sin embargo, la mirada existe. Hay incluso pocas realidades que existen hasta este punto.

¿Cuál es la diferencia entre unos ojos que tienen una mirada y los ojos que no tienen? Esta diferencia tiene un nombre: es la vida. La vida empieza ahí donde empieza la mirada.

Dios no tenía mirada.

Las únicas ocupaciones de Dios eran la deglutición, la digestión y, conseqüencia directa, la excreción. Estas actividades vegetativas passaban por el cuerpo de Dios sin que se diera cuenta. El alimento, siempre el mismo, no era lo suficientemente excitante para que lo notára. El estatus de la bebida no era diferente. Dios abria todos los orificios necesarios para que los alimentos solidos y liquidos lo travesaran.

Es por esto, a este estado de su desarrollo, que llamaremos a Dios el tubo.

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